Cuba y Estados Unidos: El comunismo que se apagó - Reseña crítica - 12min Originals
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Cuba y Estados Unidos: El comunismo que se apagó - reseña crítica

Sociedad y política y translation missing: es.categories_name.radar-12min

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: 

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ISBN: 

Editorial: 12min

Reseña crítica

Imagine un vecino que vive al otro lado de la calle desde hace más de sesenta años. Pelearon feo en el pasado, dejaron de hablarse, y ahora él está a oscuras, sin luz, sin comida en la nevera, y usted tiene la llave del generador. Es más o menos lo que está pasando entre Estados Unidos y Cuba en este momento. Solo que esta historia involucra petróleo, política, una revolución, un embargo de seis décadas, y un presidente estadounidense que dijo, sin rodeos, que quiere "tomar" la isla.

Para entender lo que ocurre hoy, hay que retroceder en el tiempo. No mucho... pero lo suficiente.

Cuba no siempre fue enemiga de Estados Unidos. De hecho, durante buena parte del siglo veinte, la isla fue casi un patio trasero estadounidense. Empresas de Estados Unidos controlaban bancos, transportes, comunicaciones y buena parte de la producción de azúcar cubana. La Habana era un destino de vacaciones para estadounidenses adinerados. Casinos, puros, música... todo giraba en torno a esa relación cercana, aunque desigual.

Eso cambió en mil novecientos cincuenta y nueve, cuando Fidel Castro y sus guerrilleros bajaron de la Sierra Maestra y derrocaron la dictadura de Fulgencio Batista. Al principio, Washington incluso intentó convivir con el nuevo gobierno. Pero Castro empezó a nacionalizar empresas estadounidenses, confiscar propiedades y redistribuir tierras. Al gobierno de Estados Unidos no le gustó. Cortó la importación de azúcar cubano. Cuba respondió acercándose a la Unión Soviética. Y así comenzó una pelea que duraría décadas.

En mil novecientos sesenta y uno, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con Cuba. Poco después, respaldó un intento fallido de invasión en Bahía de Cochinos, con exiliados cubanos entrenados por la CIA. En mil novecientos sesenta y dos, John Kennedy firmó el embargo comercial... un bloqueo económico total que prohibía prácticamente cualquier transacción entre los dos países. Ese mismo año, la Crisis de los Misiles casi llevó al mundo a una guerra nuclear, cuando la Unión Soviética instaló ojivas nucleares en territorio cubano.

La solución diplomática llegó con un acuerdo: los soviéticos retiraron los misiles, los estadounidenses prometieron no invadir Cuba y retiraron sus propios misiles de Turquía. Pero el embargo se quedó. Y se quedó. Y se quedó por más de sesenta años.

Durante la Guerra Fría, Cuba sobrevivió gracias a la Unión Soviética. Moscú compraba azúcar cubano a precios inflados y vendía petróleo barato. Era una relación de dependencia, pero funcionaba. Cuando la Unión Soviética se desmoronó a principios de los años noventa, Cuba perdió su principal sostén económico. La isla se hundió en lo que se conoció como el "Período Especial"... años de hambre, racionamiento y una economía que se contrajo casi cuarenta por ciento.

Después llegó Venezuela. Con Hugo Chávez en el poder, Caracas asumió el papel de benefactora. Petróleo venezolano a cambio de médicos y profesores cubanos. Ese arreglo mantuvo la isla funcionando durante casi dos décadas. Pero Venezuela también entró en colapso económico. Y el golpe final llegó en enero de dos mil veintiséis, cuando Estados Unidos intervino militarmente en Venezuela, capturó a Nicolás Maduro y cortó de raíz el flujo de petróleo hacia Cuba.

La isla se quedó sin su último protector.

A lo largo de esas seis décadas, hubo intentos de acercamiento. En mil novecientos setenta y siete, Jimmy Carter flexibilizó las restricciones de viaje. En dos mil catorce, Barack Obama y Raúl Castro sorprendieron al mundo al anunciar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, tras dieciocho meses de negociaciones secretas mediadas por el Vaticano y por Canadá. En dos mil quince, se reabrieron embajadas en ambos países. En dos mil dieciséis, Obama visitó La Habana... el primer presidente estadounidense en pisar la isla desde mil novecientos veintiocho. Se reanudaron los vuelos comerciales, se flexibilizaron las restricciones de viaje y Cuba fue retirada de la lista de países patrocinadores del terrorismo.

Mandy Pruna, un cubano que ofrece recorridos en carros clásicos por La Habana, recuerda aquella época como la mejor etapa para el turismo en la isla. Celebridades como Will Smith y Rihanna pagaban por andar en su Chevrolet rojo de mil novecientos cincuenta y siete. Parecía que una nueva era estaba comenzando.

Pero duró poco. Cuando Donald Trump asumió la presidencia en dos mil diecisiete, revirtió buena parte de las medidas de Obama. Endureció sanciones, restringió viajes y volvió a incluir a Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo. El breve deshielo volvió a congelarse.

Ahora, en marzo de dos mil veintiséis, Cuba vive lo que muchos analistas consideran su peor crisis desde la revolución. La isla no recibe cargamentos de petróleo desde hace más de tres meses. El motivo es una orden ejecutiva firmada por Trump en enero, que clasifica a Cuba como una "amenaza extraordinaria" para la seguridad de Estados Unidos e impone aranceles a cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla.

El efecto fue devastador. Cerca del ochenta por ciento de la energía de Cuba proviene de plantas termoeléctricas que funcionan con combustible importado. Sin petróleo, el sistema eléctrico se convirtió en una ruleta. Apagones de veinte horas diarias se volvieron rutina en varias provincias. El lunes dieciséis de marzo, la red eléctrica nacional colapsó por completo, dejando a diez millones de cubanos a oscuras. Fue el tercer apagón total en cuatro meses.

La situación va más allá de la falta de luz. Aerolíneas como Air France, American Airlines, Delta y JetBlue cancelaron vuelos a la isla por falta de queroseno de aviación. El turismo, una de las principales fuentes de ingreso, prácticamente desapareció. Los hospitales redujeron servicios y aplazaron decenas de miles de cirugías. Los camiones de recolección de basura se quedaron sin combustible, y la basura se acumula en las calles de La Habana. Empresas privadas que importan alimentos de Estados Unidos suspendieron operaciones porque no logran mantener la refrigeración durante los apagones.

Tomás David Velázquez, un habanero de sesenta y un años, resumió el sentimiento de muchos al decir que los cubanos que puedan deberían hacer las maletas e irse. La poca comida que consiguen comprar se daña sin nevera funcionando.

Y el éxodo ya es real. Más de un millón de cubanos han dejado la isla desde dos mil veintiuno... el mayor movimiento migratorio desde la revolución.

Es en ese escenario de colapso donde surge algo inesperado. El trece de marzo, el presidente Miguel Díaz-Canel apareció en la televisión estatal y confirmó, por primera vez, que Cuba está en negociaciones con Estados Unidos. Según él, las conversaciones buscan soluciones a través del diálogo para las diferencias bilaterales entre las dos naciones. El propio Díaz-Canel está conduciendo las negociaciones del lado cubano, junto al expresidente Raúl Castro y otros miembros del alto mando del Partido Comunista.

Del lado estadounidense, el secretario de Estado Marco Rubio, de origen cubano e históricamente uno de los mayores críticos del régimen, es señalado como uno de los principales interlocutores. Reportajes del New York Times y del Miami Herald indican que el gobierno Trump se habría comunicado con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, presente en la reunión en la que Díaz-Canel hizo el anuncio.

Antes de la confirmación oficial, Cuba ya había dado señales de apertura. El doce de marzo, anunció la liberación de cincuenta y un prisioneros, con mediación del Vaticano... que sigue ejerciendo el mismo papel de puente que desempeñó en el acercamiento de dos mil catorce.

Y el dieciséis de marzo llegó el anuncio más sorprendente. El ministro de Comercio Exterior, Oscar Pérez-Oliva, declaró en entrevista con NBC que Cuba está abierta a recibir inversiones de cubanos residentes en el exterior, incluidos los que viven en Estados Unidos. Por primera vez desde la revolución, emigrados y sus descendientes podrán adquirir participación en empresas privadas e incluso abrir instituciones financieras en la isla. La apertura no se limita a pequeños negocios. Según el ministro, incluye grandes inversiones, especialmente en infraestructura, turismo y minería.

Para ponerlo en perspectiva... en dos mil veintiuno, Cuba permitió que los habitantes de la isla abrieran pequeñas empresas privadas. Hacia finales de dos mil veinticinco, cerca de diez mil empresas privadas ya representaban quince por ciento del PIB cubano y empleaban a más del treinta por ciento de la población económicamente activa. Las ventas del comercio privado superaron por primera vez las del sector público, representando el cincuenta y cinco por ciento del comercio total. Ahora, con la apertura a los emigrados, el gobierno intenta acceder a una fuente de capital que hasta entonces estaba prohibida.

Pero el tono de Trump no es exactamente el de alguien que extiende la mano para un apretón amigable. El lunes dieciséis de marzo, mientras Cuba se hundía en la oscuridad, el presidente estadounidense dijo desde la Casa Blanca que tendría el "honor de tomar Cuba". Y completó... "sea liberándola, sea tomándola, creo que puedo hacer lo que quiera con ella".

La retórica oscila entre la zanahoria y el garrote. A veces Trump dice que Cuba "desea mucho cerrar un acuerdo", a veces sugiere que podría haber una "toma no tan amigable". El secretario Rubio ya declaró que lo único que pretende discutir con la dirigencia comunista es cuándo van a renunciar al poder. Y fuentes consultadas por el New York Times confirman que el gobierno Trump quiere ver a Díaz-Canel fuera del poder como parte de cualquier acuerdo.

El canciller cubano Bruno Rodríguez reaccionó diciendo que las negociaciones no involucran "de ninguna manera los asuntos internos, los marcos constitucionales ni los modelos político, económico y social de los dos países". En otras palabras... Cuba acepta conversar sobre economía, pero no sobre cambiar su sistema político.

Ese impasse entre lo que Washington exige y lo que La Habana está dispuesta a ceder es el nudo central de esta historia.

Quienes defienden la presión estadounidense argumentan que el embargo y el bloqueo de petróleo son la única forma de forzar cambios reales en Cuba. El régimen nunca se reformó por voluntad propia, dicen. Sin la muleta de Venezuela, de Rusia o de China, la élite cubana por fin se ve obligada a enfrentar la realidad de un modelo económico que no funciona. Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, dijo que este es un régimen que sobrevivió casi por completo gracias a subsidios... primero de la Unión Soviética, después de Hugo Chávez. Por primera vez, no hay subsidios de nadie, y el modelo quedó al descubierto.

Quienes critican este enfoque señalan que el costo humano es enorme y recae sobre la población, no sobre los dirigentes. Las Naciones Unidas advierten que el bloqueo de combustible amenaza el suministro de alimentos, compromete el sistema de agua potable y colapsa hospitales. Expertos en derechos humanos de la ONU clasificaron el bloqueo como una violación grave del derecho internacional. Y la Asamblea General de la ONU condena el embargo todos los años desde mil novecientos noventa y dos, con votaciones que llegan a ciento ochenta y siete países a favor y apenas dos en contra... Estados Unidos e Israel.

La comparación con la historia reciente también plantea cuestionamientos. El acercamiento de Obama trajo beneficios visibles: el turismo creció, los pequeños negocios florecieron, los cubanos de a pie vieron mejorar su vida. Pero la apertura política no avanzó al ritmo que Washington esperaba. Y el gobierno Trump argumenta que el enfoque suave no funcionó.

El economista Paolo Spadoni, de la Universidad de Augusta, calificó las reformas cubanas como pragmáticas y potencialmente impactantes. Según él, pueden funcionar como un catalizador para lazos económicos más profundos entre los dos países, aunque persistan obstáculos significativos.

William LeoGrande, profesor de la American University que sigue de cerca a Cuba desde hace décadas, traza un escenario más sombrío. Dice que la infraestructura eléctrica de Cuba superó hace mucho su vida útil y que los técnicos que mantienen el sistema en funcionamiento son verdaderos magos. Si la isla reduce drásticamente el consumo y amplía las energías renovables, puede ir tirando por un tiempo. Pero sin petróleo importado, la economía puede colapsar por completo, generando caos social y migración masiva.

Hay quienes comparan el momento actual con la perestroika soviética de los años ochenta... cuando Gorbachov intentó reformar el sistema desde dentro para evitar el colapso. Funcionó por un tiempo, pero terminó acelerando el fin de la Unión Soviética. La pregunta que queda es si Cuba logrará hacer una transición controlada o si las reformas abrirán compuertas que el gobierno no podrá cerrar.

China ofrece un contrapunto interesante. Deng Xiaoping inició reformas económicas a finales de los años setenta sin renunciar al control político. La economía china despegó mientras el Partido Comunista mantuvo el poder. Pero China tenía una población gigantesca, recursos naturales e interés estratégico de Estados Unidos en usarla como contrapeso frente a la Unión Soviética. Cuba es una isla de diez millones de habitantes, sin recursos energéticos relevantes y a ciento cuarenta kilómetros de la Florida. Las condiciones son radicalmente distintas.

Vietnam es otro caso. Abrió la economía en los años noventa, atrajo inversión extranjera y mantuvo el partido único. Pero tardó décadas en hacer que eso funcionara, y el proceso fue gradual, sin la presión de un vecino que amenaza con "tomar" el país.

Para Cuba, el camino más probable implica concesiones económicas significativas a cambio de alivio en las sanciones. La apertura a las inversiones de los exiliados ya es un paso en esa dirección. La liberación de prisioneros es otro. Pero la cuestión política... quién gobierna, cómo gobierna, y si el Partido Comunista mantiene o pierde el monopolio del poder... sigue siendo la línea roja.

Y hay un factor del que poca gente está hablando: el petróleo. O mejor dicho, la falta de él. Cuba produce menos de la mitad del combustible que consume. La energía solar ya responde por casi la mitad de la generación durante el día, pero en la noche el país depende de plantas termoeléctricas. Sin petróleo, no hay energía de noche. Y sin energía, no hay economía.

Trump lo sabe. El bloqueo de petróleo es la principal herramienta de presión. Y Cuba sabe que, sin resolver esa ecuación, ninguna reforma económica va a despegar. Abrir la puerta a inversiones de los exiliados es importante, pero ningún inversionista va a poner dinero en una economía que funciona media jornada.

Mientras tanto, la comunidad internacional se divide. México envió más de dos mil toneladas de alimentos como ayuda humanitaria. Vietnam donó doscientas cincuenta toneladas de arroz. Rusia prometió seguir enviando petróleo, a pesar de las amenazas estadounidenses, pero buques petroleros fueron bloqueados. Un convoy humanitario respaldado por la activista Greta Thunberg planea llegar a La Habana con medicamentos y equipos solares.

En Miami, bastión de los exiliados cubanos, la reacción a la apertura económica fue mixta. Algunos ven una oportunidad histórica. Otros dicen que solo invertirán cuando haya cambios políticos reales. La comunidad cubano-estadounidense, que ejerce enorme influencia política en la Florida, está dividida entre quienes quieren ayudar a sus familiares en la isla y quienes no quieren darle oxígeno al régimen que los expulsó.

Lo que se dibuja ahora es una especie de pulso entre la necesidad y el orgullo. Cuba necesita desesperadamente dinero, petróleo e inversiones. Estados Unidos quiere un cambio de régimen, o al menos reformas lo suficientemente profundas como para justificar una victoria política. El Vaticano intenta mediar. Y diez millones de cubanos esperan que alguien encienda la luz.

Algunos analistas empiezan a llamar a este momento Cuba-stroika... una referencia a la perestroika soviética. Otros son más cautelosos y recuerdan que el régimen cubano ya sobrevivió a la caída de la Unión Soviética, al Período Especial, a huracanes, pandemias y décadas de embargo. Pero nunca enfrentó todo eso al mismo tiempo, sin ningún aliado dispuesto a pagar la cuenta.

La próxima semana puede ser decisiva. El gobierno cubano prometió anunciar oficialmente los detalles de la nueva política de inversiones. Washington evalúa si los cambios son reales o apenas cosméticos antes de decidir sobre las licencias que permitan inversiones en la isla. Y Trump, ocupado con la guerra en Irán, dijo que Cuba es la siguiente prioridad en cuanto se resuelva el conflicto en Oriente Medio.

Qué hacer con esta información

Si usted es inversionista o emprendedor con vínculos en América Latina, el momento merece atención. Cuba puede estar al inicio de una apertura económica histórica, pero los riesgos son proporcionales a las oportunidades. No hay seguridad jurídica consolidada, el embargo estadounidense sigue vigente, y el desenlace político es incierto. La postura más sensata es seguir de cerca la situación, estudiar los sectores que Cuba está priorizando... turismo, energía renovable, agricultura e infraestructura... y esperar señales más claras antes de comprometer recursos.

Si usted es profesional de relaciones internacionales, geopolítica o comercio exterior, este es un caso de estudio en tiempo real. La dinámica entre presión económica y concesiones políticas, el papel del Vaticano como mediador, y las comparaciones con la perestroika soviética y la apertura china son temas que van a alimentar debates durante años. Vale la pena documentar y analizar cada movimiento.

Si usted es un ciudadano interesado en entender el mundo, esta historia ilustra cómo la geografía, la historia y la economía se entrelazan de formas que afectan a millones de vidas. Cuba queda a ciento cuarenta kilómetros de la Florida. Lo que sucede allá tiene impacto directo sobre la inmigración hacia Estados Unidos, sobre el equilibrio de poder en América Latina y sobre el futuro de toda una generación de cubanos. Seguir este desenlace es entender cómo funciona el mundo cuando la teoría se encuentra con la realidad.

Y si usted es cubano, o tiene familia en Cuba, este es probablemente el momento de mayor incertidumbre y, al mismo tiempo, de mayor posibilidad que la isla ha vivido en décadas. Las reformas anunciadas pueden ser el comienzo de algo genuino o pueden ser una maniobra temporal para aliviar la presión. La historia de Cuba enseña que los cambios prometidos no siempre se materializan. Pero también enseña que, cuando la presión es lo suficientemente fuerte, hasta los sistemas que parecen inmutables encuentran maneras de adaptarse.

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